Con la lengua me voy a estar por sótanos del habla, en picada de palobras que pican. Voy a abrir en mi boca un bazar de cristales moluscolores para hablarte y perderte y vestirte un poco de gemas que me digan el camino que no vamos a tomar porque ya dejamos de tomar y se hace tarde.
Voy también a destrozar con dientes la mordida de las cosas que me dicen que hay cosas y palabras y texturas, para hacer del mundo un gran engrudo asintomático y confuso donde me sienta claro y lúcido, proclive a los desarmes.
Quizás decida - por qué no - entregarme yo mismo a la planicie de mi sombra y habitar bidimensiones tibias pero laxas que me permitan amoldarme a los contornos sin romperme, solamente alterar un poco las leyes de la buena forma. Es decir, defender los perfumes a toda costa y seguir sabiendo que en la orilla quizás exista otra nueva orilla, un nuevo sendero de caracoles en polvo por el cual correr y seguir corriendo.
Ya no sé si tengo miedo o tengo frío, ni siquiera sé si el frío es algo que se puede sentir, si no es algo litoral que vive en el mercurio en mi cocina y en la tele. Tampoco sé hasta qué punto no todo punto es suspensivo y no hay más que hacer tejido y dejar jugar con el ovillo o al ovillo mismo con su esfera-ser, por el piso, rodando sin sentido.
Yo podría tejer el aire de mi boca. Con los dedos. Abrigarme la voz con un papel para que no se vuele así nomás como palobras, como las palobras de la mayoría de la gente. Supongo que quiero hacerlo. Dejar llegar la noche a mi cerebro como un agua por la oreja, un iridiscente arroyo negro que corra por los pliegues que esconden el sentido. Barrerlo todo. Y yo flotar o no, como los corchos, por mi mente, levantando puentes de piedra en esos casilleros donde confluyen los pájparos visuales.
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