Caigo en un zumbido de cien aviones, hacia el fondo, para bucear en la polenta del reverso de la frente. Amarillo, todo amarillo, por un rato; luego el vidrio se desploma y por mis tímpanos corre un ejército de autos que se estrellan.
Yo veo la pieza y el contorno de la puerta, también las diagonales de luz del sol que sale. Intento decirles que dejen eso por ahí, que ya fue suficiente, pero se deslizan por mi espalda a ciegas como helicópteros cansados. Basta, dejen el taladro, déjenme los dientes. Pero ellos siguen abrochando camiones a mi boca. Después hay un silencio hueco y descubro que el mundo y yo estamos solos. Querría llorar, desmantelarme, pero apenas puedo emitir un silbido que se teje a sí mismo haciendo un pulóver de susurros que no son míos.
Lentamente algo crece entre las costillas, algo como un globo. Oigo el crecimiento como un tren que viene. Ya llega, ya está viniendo. Los camioncitos de mi boca derraman flores por el techo. La sábana se muere. Yo quiero tocar la almohada, buscar debajo el crucifijo fluorescente, salir de la polenta. Nada. Lo que crece simplemente crece.
Estamos solos. El mundo y yo estamos solos. Si presto atención siento que me crecen árboles por dentro. Un ligero cosquilleo de raíces por la nuca. Recuerdo mi cara hundiéndose en la higuera de algún patio. Recuerdo el trino de los pájaros azules, el viento sinuoso como un gato que se cuela por la puerta. Recuerdo que abrazaba la montaña. Las nubes preñadas a mis pies.
Oigo también el susurro. Luego son las voces de los padres blancos. Imagino un inmenso salón sin muebles. Las voces girando. Las voces se arriman a mi cuello. Los árboles del cuerpo se doblegan bajo el gato, el peso del gato está una octava por debajo del universo.
Vibra. Todo es vibrar. Entonces veo que están las cuerdas y las veo salir de mi ombligo como pelos blancos luminosos. La imagen es preciosa. Me quedo apretado en la orilla de los ojos viendo el pelo salirme de la panza. El pelo asciende bailando por el tornado de la pieza. Hay sol, pero el pelo es más brillante, es lo más brillante que haya visto. Sube haciendo trenzas de neón y se detiene a media altura. Como un faro de alambres fotosensibles. Podría ser la columna de algún templo, alguna ruina del futuro. Pero no. Es sólo un edificio de pelo blanco.
De las ventanas sale música pausada. Reconozco las manzanas verdes. Reconozco el pañuelito. Y entonces, como en un cine, todo se va alejando hasta quedar a oscuras. Solamente un punto blanco en algún lado. Estática. Un erizo que sacude la mañana.
Uno a uno caen los adoquines del lenguaje. Cada uno es una porción de mí y de las personas que conozco. Caen y siento que se abre un espacio entre mis ojos. Un hall de mármol cada vez más grande y más vacío. Siento la presión de las paredes aumentando ante la nada.
El pensamiento es un ventilador de luces.
Algunas ideas concéntricas se fugan hacia el piso en destellos prismáticos que apenas zigzaguean un instante antes de languidecer en polvos de brillantes.
Yo quiero una palabra, una palabra entera, paladearla para romper el mantra. Todo lo que llegan son cajones, bloques de letras que suben hasta mi cabeza y que al estar al borde del concepto se inclinan hacia un lado y caen. Un desperdicio inmenso de cosas que no pasan. Y el crecimiento por romperme el cuerpo. Vibra.
Hay un olor de musgos. Creo que voy al bosque. Creo que el pantano viaja por adentro en los camiones. Mi boca se devora. El sabor de un millón de ombligos enhebra una tanza de la que alguien cuelga una frazada. Al moverse levanta un patrón geométrico de pentágonos incandescentes.
Siento que mis brazos se avecinan desde el otro lado de un océano de grampas. Oigo la chapa que arrastran. Por un segundo algo parecido a la paz. Dos segundos. Tres segundos. Cuatro segundos.
¡Bam! Alguien destroza la puerta de un oído y entra hirviendo en mi cabeza como si el rojo no existiera y de golpe...
¡Rojo, rojo para todos, rojo por todos lados. Los viejos colores del mundo se retiran a los tumbos. Veo por un lado que hay cristales. Sé que son los cadáveres del día que comienza.
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