Había sentido, de muy chico, aquel movimiento nuevo de los ejes que se anuncian al descubrimiento de las dimensiones. Así que sí, había estado precisamente ahí, puntual, contemplando el vórtice y oyendo aquella voz, varias veces, la nariz en la ventana. Los pájaros del sol patinando entre las plantas, hacia el borde de mis manos, para hablarme de los tiempos, de las nubes, de las caras.
Vi todo. Vi la sombra de los perros rajar la tarde, la mueca moño de labios de su boca, los ojos blancos sobre un hilo, sobre un hilo de relojes adelante, allá en la niebla. Vi el borde de las manos y la planta, y los pájaros, a mi lado, cantando el relleno de mi cuerpo, la costura de mi nombre, el nudo. Vi la nube roja. La luna media. Vi los movimientos de la rama, de todas las ramas, de cada una. El mundo se estrelló en mi frente. El mundo se cortó en el pelo. Mil espejos. Las gotas de mercurio. Algunas diagonales colapsaron la materia, el espacio entre los pájaros, entre las plantas y mi mano.
El tiempo sacudió los piolines de la boca. Fuimos un bostezo y una miel y una letra sola. Fuimos finalmente del sonido una estrategia para el salto hacia la esquina. Abrigamos durante un riesgo los pozos, los túneles del aire, los colores, las líneas doradas en la fuga por los ojos, como aviones, como piedras del espacio. Yo vi todo. Vi mi avión de voces quebrar las nubes de su cara. Vi mi andar oblicuo perderse de sus dedos, soltarse de su rayo, de su cúmulo de plumas raras en la tierra. Vi aquel espectro de cenizas y naranjas soplarse en las comillas, en los puntos, en los guiones. Vi su sábana rodar hacia la frente, cubrir su pelo de flores, de agua, de sueño. Vi mi cuerpo abrirse por el medio. Vi las luces. Vi mis hijos fluorescentes en la espera.
Quizás los pájaros supieron algo, sospecharon. En racimos verdes se elevaron hacia un borde en la ventana rumbo al norte, se perdieron detrás de alguna antena de luces rojas parpadeantes, se alejaron en silencio con un ojo atrás colgado en la mirada.
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