Ella trajo el desayuno a la cama, levitando sobre las diagonales de polvo de persiana que le doraban la espalda a medida que avanzaba. Estaba desnuda, ingenua, recién parida por las horas y los ruidos. Pese a la tímida sombra de ser muy pronto leí con esmero el saldo de las mariposas en su cuerpo, el vuelo errático de todos los preámbulos ideativos. Era joven y descalza como las nubes de tormenta y todo su andar tenía algo antiguo, sin que cupiera por eso algún tipo de enseñanza o paradoja. Simplemente se permitía convivir con su reverso, sin prestarle atención a las piruetas y a los giros que supone cultivar espejos.
Nos dijimos que el sol ya estaría en todas las paredes y que bien valía la pena ir a ver si faltaba alguna o si alguna se había vuelto luminosa por su cuenta. Habiendo ocurrido otras veces, estaba por demás justificada aquella cuestión de los gradientes. La torpeza de los mundos no se estudia, pero existe. Bajamos por la escalera en espirales de cemento, ojeando las ventanas de la gente y los claveles de pintura en las paredes, las persianas, las puertas, las alfombras, las esquinas del pasillo enchapado de luces económicas, pulsátiles, berretas. El rengo Duilio entre las sombras, juntando papelitos del correo, la mano que se eleva en un saludo paladeado en las pensiones y los bares, y el verbo de la gente en la vereda con la cara en las baldosas. Los colores pájaros del día patinando en los zapatos, reventando brillantinas en la copa de los árboles. En los balcones colgando ropa de la cuerda, campanas de tela y macetas rotas, un gato tuerce un ojo hacia la nube en plegarias de alimento. Las once.
Fumé un cigarrillo por puro anhelo de veneno, por puro juego
con el tiempo, para entretener la trompa en un segmento de relojes vanos. Miré la tierra que hay bajo el asfalto, el radiógrafo estilete de los topos, y un avión de gente como lluvia se me vino al trote hasta la imagen para señalarme los caminos. Ella supo darle un nombre a las flores del cantero. Yo no supe hablarles. Ella indicó palmeras en los patios, yo tiré la vista entre sus ramas y froté pestañas por la hormiga. Ella puso un pie sobre la vía. Yo puse el mío y caminamos.
Cuatro en total sumando sombras, hasta el parque Chacabuco en las burbujas de la piel que nos limita. Por Zuviría hasta ver el pasto y el sacudón masivo de lonas que se pliegan. Sacamos fotos de los árboles azules. Las palomas aplaudieron esferas de pan desde la arruga. Un faro descompuesto rimó pulsos de la noche por capricho y algunas polillas inconexas vaciaron átomos de tela.
Yo me senté sobre unos pastos finos para ver de cerca las pequeñas cosas, los huecos de la tierra y las aguas que se juntan. Le mostré las vibraciones y reímos un rato largo mirándonos los ojos como dos que se duplican, hasta que el marco se vistió de nuevo y dos pibes a pedal gritaron Viento. Nunca supe si existieron o simplemente se asomaron, como aquella vez que hablaron por el aire las dos chicas del deporte, o esa risa que brotó de noche en las paredes de la casa. Quizás lleguen a tiempo - pensé - sobre ruedas, por el puente, se acorta la distancia.
Acto seguido, y quizás por verme lúdico en la ideación de los asomos, ancló dos platos hondos en la vista de mi cara y con un dedo intrépido de uñas pobres me llamó al silencio de la mente bajo el pelo.
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