Pude oler los perfiles de las cosas hasta que fueron, hasta que llegaron de donde venían a cubrir lo concreto, a darle cuerpo a la realidad de la que hablan. Puro asomo tibio en primera instancia, es claro. Las vibraciones sutiles, los titubeos púrpuras, algunos juegos con la idea, con las manchas verdes... las típicas viñetas de las cosas ya sabidas, ya palpadas hasta el asco. Más tarde, un sabor triunfal de ciruelas y eucaliptos se mezcló con el tráfico audaz de los automóviles y los zapatos. Muchísimas ventanas de frente y la gente siempre gente que hay por todas partes. Yo ya llegaba a serme, pero despacio, caminando por un pasillo sin cuadros directo a mi cuerpo todavía quieto en el colchón bajo el techo. La luz era un anfibio dorado y lento. Pensé que podría ser una guitarra en la escalera, o un perro bajo el agua intacto. Venir de allá como se viene: por un túnel de pan y viernes blanco, aljibe nuevo. Así... ver todo espejo, toda nube, todo. Ser un soplo apenas. Pero fue azul, por todos lados, un azul más allá del cielo.
Los vidrios sin piedad me dieron cuerpo. Un cuerpo para moverme en el espacio entre los polvos del tiempo que es de arena y no de ríos, ni de sombras, ni de agujas. Los vidrios eran vientos quietos, finales, de esos vientos que ya no soplan. Me armé una cara para verme en los espejos con las palabras de la almohada seca que esperaba. Enhebré cada sílaba de a poros, en la imagen de los bosques de los árboles sobre los estanques y las piedras, en flujos de eucalipto. Crucé de un salto, entre las rocas cromadas por el río de la tarde. Algunos pájaros. Algunos colores con demora en los anillos. Las flores de carne sinuosa bailaban con el viento y se adherían a las diagonales de mi cara a latigazos, en desgarros de perfume para hacerme.
Un coágulo de luces quebró los vientos para fatigar los tapices. Nadé en la náusea de sentirme bajo el sonido de mi nombre pronunciado de lejos por otra boca que se abría al día. Era ella, otra, la misma otra ella pero inversa, desplegada, concreta, la otra ella del no sueño, la que habita este lado de la cinta. Era ella respirando, afectada de materia y gravedades, anillada de colores, a mi lado, bajo la misma sábana, esperando mi regreso. Ajena a su fábrica de pájaros, a las responsabilidades de lo posible, se movía lentamente en ondas de calores tibios, con el cansancio de quienes no saben de dónde vienen. Abrí dos ojos de peces de noche y la miré. Tenía tiras de pelo negro sobre la cara y labios de púrpura impacto en bemoles contenidos. Volvió mi nombre, el nombre de mi nombre y el nombre del nombre de mi nombre, una y otra vez en pleamares nominales reverberando el vacío. Hasta que ancló, letra a letra, en mi cuerpo y me nombré yo también con el mismo nombre que me dieron.
Le dije buen día, miré para un costado, escuché un sonido de trenes y una puerta en otro piso. Probé las porciones de mi cuerpo y les pegué un sentido, una misión. Estaba listo, armado, pleno en sustantivo. Experimenté un instante diminuto la nostalgia de no ser posible, de ser concreto, y avancé por los minutos de la intuición sensible con la brújula de todos los días, la que se aprende en la existencia.
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