miércoles, 1 de diciembre de 2021

Las libélulas del Trópico Inmanente (2008)

Llovía sobre la chapa, por allá abajo, entre las grandes macetas y las grandes baldosas de antes. El color de las ventanas se me caía de los ojos por las manos tibiamente, como un líquido importante, prestigioso, que se despide del pueblo para siempre. Desesperado busqué alguna sombra ajena a los muebles y a las cosas, el indicio de una demora en las paredes, en el aire, alguna pista de su tránsito, algo: una pelusa delatora que azarosamente reflejara un segundo de su vuelo hacia el otro lado... en fin... No encontré nada. Las libélulas del trópico inmanente ya no estaban. La puerta muy lejos apenas existía, era un latido frágil, una minúscula perturbación del vacío.

Practiqué un tajo de pestaña en la existencia y metí los ojos adentro, el par, como dos peces que se manda a investigar de noche. Había una laguna y muchas luces, o un río tranquilo, sinuoso entre algunas islas. Las luces se movían, hacia arriba y hacia abajo, una y otra vez, y se escuchaban tambores debajo de los árboles ciegos. Las antorchas armaron una ronda sobre la arena y aguardaron el silencio primitivo de los espejos paralelos. Yo peiné el viento en las alturas, atento, pero oculto en las olas del cielo sin estrellas, esperando, gravitando inquieto sobre la fogata y las primeras voces que descolgaron de sus bocas. Hubo mucho frío y los tambores se cubrieron con las flores negras de mi piel extensa. Estuve a punto de perder mi nombre imantado por los mantras.

Desde la espalda de mis ojos, por el tajo blanco del puente, rodó el sonido del reloj en el pasillo de mi casa y fui devuelto a la cama por un tubo endeble pero preciso. Inhalé

profundamente los fenómenos del mundo, uno a uno, antes de mirar de nuevo.

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