El universo está vivo y es tan inteligente como una abeja. Un animal ingenuo e inocente como un delfín. Una criatura sencilla, vagando entre las altas hierbas de una jungla siempre brillante de existencia. Las grandes colisiones cósmicas, la terribles guerras de este mundo y de todos los mundos, los maravillosos logros de las especies, sus festejos; no son más que instantes microscópicos de su naturaleza viva. Allí va el universo, avanzando sinuoso por la jungla infinita, un pequeño animal entre infinitos animales, universos todos ellos y cosas aún más extrañas. Qué hermoso ver la sencillez grandiosa de todo lo que somos, tan poca cosa y tan divina; como un átomo en la niebla y una niebla en un pueblo perdido y sin nombre. La sustancia elemental es la más pequeña y la más grandiosa. ¿O acaso puede haber algo más enorme que lo más pequeño de todo? Somos casi el punto mínimo, el motor infinitesimal del cosmos. Y debajo de ese “casi” lo innombrable. El motor de todos los motores.
La belleza implacable del karma, la magnífica balanza de mil brazos, madre de toda sincronía, justa por ser la justicia, reverbera a lo largo y lo ancho del tiempo ordenando las perturbaciones, las grandes y las pequeñas, como un precioso director de orquesta templando átomos y galaxias, cosas y pensamientos, que no hay distinciones para su tacto minucioso. Karma es la piel de todo. Una sutil pero tremenda tela de araña hipersensible. Un extenso instrumento de millones de octavas. Todo cuanto vibra vibra en karma. Todo cuanto piensa piensa en karma. Todo cuanto se mueve se mueve en karma. Un maravilloso sistema nervioso de invisibles filamentos de luz prístina. Todo lo registra. Porque habita todo. Inunda todo. Y todo cuanto sucede, sea de la naturaleza que sea, llama su atención. El niño de innumerables ojos, maravillado, delicado en su absoluta percepción como el abuelo del mismísimo aire, una sustancia más tenue que una idea, capaz de enhebrar en su atención todas las perlas del collar divino.
Hace mucho mucho tiempo, hubo un músico devoto, un santo. Era tal su devoción al Absoluto que se propuso componer una pieza musical que lo representara lo más acabadamente posible. Desde entonces y por siempre, escribe sobre un tenue pentagrama, la melodía más parecida al Silencio. Karma es aquella melodía. Dharma es aquel silencio.
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