Allí la circunferencia de todo lo que ves. Y de todo aquello el eje eres tú.
Allí las múltiples sensaciones de tu cuerpo. Y de todo aquello el eje eres tú.
Allí el río constante de los pensamientos. Y de todo aquello el eje eres tú.
¿Quien soy yo realmente?
Eres el que oye tus pensamientos.
¿Podría no escuchar mi propio pensamiento Maestro?
Sucede. Al morir. El cadáver sigue pensando un rato. Pero ya no lo escuchas. Se va alejando como un susurro, como un zumbido.
¿Y entonces? ¿Luego?
Algo por entero diferente ocurre. Una luz líquida se vuelca. Eso es morir del todo, que tan sólo es el primer paso.
Ese que soy yo, ese que oye mis pensamientos... ¿Dónde está?
No existe lugar para él. El infinito se parece mucho a algo plano pero sin bordes. Decir que está en todas partes sería una simplificación pueril. No existe más que Ser.
¿Por qué no oigo el pensamiento de los demás?
Porque tu cuerpo no sabe cómo ir. Es algo del cuerpo, pero diferente a lo que ustedes saben que el cuerpo puede hacer.
¿Se puede entrenar?
Hay gente que nace con la capacidad de mover las orejas y hay gente que aprende. Hasta entonces solo escuchas y tampoco muy bien lo que tu aparato piensa. Podrías empezar a prestar atención.
¿Debo prestarle mayor atención a mi pensamiento?
Exactamente. Pronunciar el pensamiento con la atención. Hasta que puedas sentir cómo está hecho. Luego, quizás, puedas entender un poco lo que es salir a buscar pensamientos ajenos. Primero tu pensamiento debe endurecerse, serte familiar, para luego no perderte.
¿Perderme?
Se soltaría el nudo. En el silencio. Demasiado pronto. Conviene que la muerte llegue despacio. Así uno va recordando de a poco quién es. El cuerpo se va apagando, muy gentil. Y uno descubre. No veo. No soy la vista. No oigo. No soy la escucha. No respiro. No soy la respiración. Es muy agradable. Como despertar muy lentamente, con mucha dulzura.
Y después tampoco pienso ni soy el pensamiento...
Así es. Después una luz líquida de conciencia, como un agua en la que se imprime todo cuanto existe. Allí quedas. Pero ya sin bordes. Ausente de los nombres y de las formas, pero presente en la matriz de todas las cosas.
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