Se recuerdan bastantes cosas cuando uno es apenas un niño que no sabe hablar. Eso ya se va a saber. La actividad de la memoria es mucha y es extraña, totalmente diferente a la actividad que ustedes conocen. El hecho de que no puedan hablar sirve de mucho en esa fase, es realmente una ventaja. Desconozco si se trata de una ventaja prevista. Durante los primeros meses de vida la existencia transcurre en una interioridad magmática, con mucho movimiento de un tipo de imágenes no visuales, sino intuitivas, como un deja vu… se siente la existencia anterior, las capas de existencia, los diversos olfatos de esa vida, los distintos momentos mágicos, los diversos momentos tristes, la propia muerte como ajena pero interna. El pequeño humano aprende primero de su memoria y ésta se acopla al alma. Luego la mente la olvida. Ocupada en abrir poros en el huevo primitivo del aparato psíquico.
La primera existencia del niño como tal transcurre a lo largo de esta eclosión del huevo psíquico, de esta ruptura con el Pasado. Algunos casos de autismo no son otra cosa que una dificultad para romper el cascarón, la piel de la semilla kármica. Se puede comprobar esto en esos niños autistas que muestran una especial fascinación respecto a un tema, color, movimiento, etc. El segundo nacimiento (mental) demora décadas en terminar, películas de la vida previa siempre quedan acopladas de manera irregular sobre el actual viviente. Parte de la vida humana se consume en despegarse estos adhesivos, eso cuando el viviente ha logrado el nivel necesario para reconocer la existencia de los mismos y localizar su ubicación. En el proceso siempre se sufre. Es el temor al sufrimiento lo que lleva a los hombres a cometer los mismos errores una y otra vez. Para evitarse el dolor, el humano promedio deja los adhesivos tal como están y no se molesta en retirarlos, aún cuando sea capaz de intuir que aquella estrategia llevará a la larga a la extinción por asfixia de todo un tramo de sí mismo.
Los tropiezos del hombre son todavía inocentes. Sus faltas son menores. Ingenuos pasos de elefante ciego. Todavía el hombre tiene mucho que aprender. Todavía está fascinado por el instinto. Enamorado de la vida. Eso tiene su encanto. Como toda relación que inicia, la relación del hombre con el hecho de existir en la materia de manera consciente es hipnótica, sugerente, adictiva. Luego, con el paso de las vidas y los ciclos, la relación con la existencia se parece a la de un matrimonio de varios años donde la pasión cedió su lugar a una tolerancia mutua y con reservas. En el mejor de los casos, esta relación se transforma en algo similar a un deporte, a una cierta disciplina.
El humano promedio atraviesa toda su existencia sin terminar de nacer, revolcándose en la albúmina de todos sus caprichos pasados. El humano promedio es tácitamente autista. Una síntesis de mono, pasto y piedra - (Una amalgama giratoria de tres reinos que centrifugan de sí mismos al moverse el cuarto reino que es el del Hombre. De tres que giran nace el cuarto. Sólo que el humano teme, se anquilosa, casi nunca deja el nido).
Luego El Niño aprende las palabras. Y las palabras traen, paradójicamente, el olvido. Como cuando uno quiere recordar un sueño tenue y éste se desvanece entre los conceptos que usamos para atraparlo. Las palabras son una forma de olvido. De allí que insistamos tanto en la importancia del silencio. Solamente en él tenemos un atisbo de la Verdad. Cultivar la práctica del silencio mental es descender al núcleo azul del mar, el agua densa del fondo donde está escrita la eterna semblanza de nuestras huellas por los mundos, la dirección de todo aquello que se lleva adherido vida tras vida tras vida.
En el silencio el hombre encuentra su verdadero nombre y sonríe.
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