Han cortado el pasto de mis praderas a filo de sable y corcel,
Mis lombrices llevan capa de sangre de guerreros muertos,
Y el aire, madre, huele a carne y sudor.
El cielo está quieto y amarillo
Pero nadie encuentra el sol.
Se mató de pena
Dicen.
Y casi todos ríen.
Mamá, veo nuestros árboles profanados, la hierba quemada, los caballos muertos y las moscas. Nada quedó de aquel bosque, nuestro, donde corríamos y juntábamos flores, cuando el ruido del odio me lo tapabas con tus cuentos y canciones. El viejo perro negro de manchas blancas, bueno y amigo, que hablaba con los ojos… mamá, lo vi partido en dos partes… creí que vivía todavía, miraba. Me acerqué. Su ojo izquierdo era un panal de moscas. Pero las moscas miraban como él. Siento que estas guerras son seres crueles, seres ellas mismas, que pasan sembrando inteligencia, porque hoy siento que en estas tierras todo es más inteligente que antes de la batalla, pero también mucho más triste… o malvado. Los espíritus que animaban el bosque se han dormido, tristes por la matanza de tantos hombres, muchos que no se conocían… muchos otros que habían sido compañeros y familia. Madre, la desprolija y apartada capilla que gustabas frecuentar porque olía a jazmines, arde todavía con sus hombres dentro. Solamente Josué, el delgado que siempre andaba moviendo los dedos y hablando solo o como decía él, con las miniaturas… sólo él madre se ha salvado. Estaba al norte, buscando un insecto extraño entre unas piedras del monte… y está llegando por el sendero del río, apurado, pero no como huyendo, al contrario, ansioso por no encontrar entre los cuerpos sin vida el cuerpo de la mujer que ama desde que por primera vez la vio oliendo los jazmines. Llega, mamá, y te lo digo y tu cara huele a luz por tu sonrisa que es la misma que veo en él cuando ve tu cara y descubre que no estás muerta. Papá había muerto hace tiempo, yo apenas era un bebé, no lo recuerdo pero su nombre es como una puerta abierta a un cuarto a oscuras. Algo hubo allí, no lo vi, y ahora solo me queda ver el cuarto a oscuras todos los días de mi vida hasta que yo también muera y las puertas, la mía y la del papá que no conocí, se cierren para siempre. Había salido del pueblo mucho antes que vos nacieras ma y recién ahora volvía del Brazil como un héroe o un desertor, pero con frutas y gentes de esas tierras. Vos tenías quince años, o menos, y corriste por el murallón a ver la nave de enormes velas. Muchos estaban ahí mismo, con vos, colgando de las ramas de árboles fuertes para ver mejor lo que sucedía debajo. Todo el pueblo parecía estar ahí, apiñándose para mirar el desembarco de aquel buque que ya nadie recordaba haber botado. Otras muchas gentes corrían arrastrando pesadas cuerdas, tomados por sorpresa por la inmensa mole que se acercaba a la costa disimulada por la niebla de aquella mañana. Gritos y empujones, se oye un sonido demasiado tímido y el enorme barco se detiene, como si viniera deteniéndose desde siempre. No sigue ningún silencio. Gritos, chiflidos y gente moviéndose de un lado al otro del puerto, trasladando torres con ganchos y poleas, arrastrando burros o mulas hacia el lugar del desembarco. La tripulación del Humphrey posa orgullosa en la cubierta. Más de uno de aquellos hombres que había violado niñas morenas Del Río Amazonas había dedicado gran esmero a acicalarse el cuerpo, la ropa y el peinado, para que sus padres vieran los valientes hombres que se habían ido de casa siendo niños demasiado pedigüeños, lucirse con nobleza y sentirse menos culpables por haberlos vendido al embarque a tan corta edad.
Vos comenzaste a aburrirte y estás dándote vuelta para irte cuando un brazo te detiene y te dice, mirá, está por salir. Entonces mirás y sentís que algo está por suceder porque todo está expectante, es sólo un segundo que parece que todo queda suspendido para luego regresar a su velocidad normal, pero durante ese segundo sentís que hasta podes ver cómo los rayos de sol avanzan cortando la nube y las velas del barco y cómo llegan a iluminar la alfombra verde y las botas y luego, como saetas de miel, su cuerpo hacia arriba mientras subes los ojos para ver, por segunda vez en tu vida, el rostro de mi padre, que no recordabas porque aún eras un bebé en brazos, aquella cena que te dormiste apoyando tu diminuto piecito en su mano y que él, por no querer despertarte, dejó allí, quieta su mano como una cama, aunque se viera afectado su natural encanto al gesticular cuando conversaba, moviendo esas manos delgadas con mucha gracia, aprendida según te dijo una noche, en un lugar remoto, un país de hielo donde la gente podía volar, así te dijo, y estabas enamorada y le creíste. Quizás esa misma noche me hicieron y ojalá hayan reído al hacerme, ojalá entonces estuvieran enamorados.
Papá se fue de aquella cena cuando despertaste y empezaste a llorar a gritos. Tu madre intentaba controlarte y sonreía. Papá movió las manos con elegancia y de un solo movimiento de su brazo se despidió de todos los convidados que allí había dejando un aire de exotismo y sofisticación. Alguien al salir le preguntó si había tenido la suerte de conocer al ángel de la familia. Papá contestó que en esa casa el único ángel era el de la fuente que estaba entre los naranjos. Algunos rieron. Pero otros no. Y los otros fueron más. Papá se embarcó rumbo al Brazil con marineros que eran más niños de lo que soy yo ahora. Debían ir a colaborar con las tropas. Pero las tropas no estaban combatiendo. Nadie sabía qué hacer, ni para qué. Las playas paradisíacas, las mujeres y fundamentalmente la distancia respecto de Europa había sido como un recreo, unas pequeñas vacaciones en el cielo. Durante algunos meses hubo un lugar en el mundo habitado por el deleite absoluto. Hasta que el barco de mi padre, cargado de una generación de mozalbetes alucinados por los rumores de la guerra, echó sus amarras en las costas de aquella tierra que hasta hace meses era el único lugar feliz del mundo.
Papá y su tripulación de niños violentos tomaron el control de la situación rápidamente. Todos estaban durmiendo allí, nadie los esperaba, nadie recordaba Europa. Muchos soldados fueron ejecutados como traidores. El cadáver de aquellos que habían vivido en concubinato con mujeres nativas era descuartizado y luego se obligaba a aquellas mujeres a cocinarlos y comerlos. En algunos casos vergonzosos se las conminó a comer crudos los genitales de su marido o de cualquier otro cadáver… al final de aquellas jornadas de Organización, mi padre y sus muchachos estaban suficientemente cansados y ebrios para que aquellos detalles importaran. Esta orgía de estupidez y desinterés por la vida humana se extendió durante largos diez años, muchos de los jovencitos del terror enloquecieron por la excitación enferma de sus sensibilidades nerviosas, otros tanto, probablemente los mejores, se suicidaron tarde o temprano, mortificados por la culpa y el asco de las cosas que habían hecho con aquellas gentes amistosas. Mi padre no enloqueció por completo, tampoco sintió culpa… habitó hasta el día de su muerte, tres años después, en un limbo gris tapizado de argumentos un poco científicos y un poco poéticos, pero principalmente hipócritas. Y esos tres elementos, el raciocinio, la poética y la hipocresía, lo ayudaron a convertirse en muy pocos años en uno de los más importantes tratantes de frutos y personas… y algunas cosas más.
Viste los rayos del sol iluminar su cara oscura y te enamoraste de inmediato, con el aroma del mar y las verduras y todas aquellas frutas de colores brillantes alrededor tuyo. Tres meses después él te contaba del país de hielo y de la gente que podía volar y vos le creíste y él te hizo mi persona en el cuerpo. Murió antes que yo naciera, me dijiste. Te pedí que me llevaras a ver su tumba, me dijiste que papá no había querido un entierro común, que en su lugar él había asignado un árbol del cementerio para que hiciera las veces de su sepultura cuando llegara el momento. Su cuerpo fue cremado y sus cenizas desparramadas por otro barco a lo largo del océano atlántico, en la ruta que lleva al Brazil. Siempre sé que estás mintiendo. Papá no hacía planes. Tampoco habría elegido un árbol. Papá había muerto ajusticiado por familiares de los primeros tripulantes. Vos tuviste que viajar con tu familia hacia las montañas. Y yo nací y al tiempo me bautizaron con el nombre de Juan y fui feliz como es feliz ahora Josué, que sube la cuesta, que te vio y que entre tanta muerte puede reír porque está ciego para todo lo que está más allá de tu piel.
En los siguientes cinco años nacen tres niños de ustedes. El primero y el tercero mueren juntos, el mismo día, a la edad de 1 y 5 años. Pascual tiene tres años y sabe que nunca va a poder cubrir el vacío que dejó la muerte simultánea de sus dos hermanos. Se recluye más y más, año tras año. A los trece años deja de hablar. Permanecerá mudo durante cuarenta y tres años, hasta el día después de asesinarme, día que lo vieron hablando solo, moviendo los dedos, como su padre que había muerto dos años atrás, ahogado según dicen, aunque sereno cuando encontraron su cuerpo azul e hinchado entre las algas del lago.
Volvemos a encontrarnos a mediados del siglo XIX pero muy tarde. Al momento de encontrarnos sos mucho mayor que una madre y no es sino hacia el final de tu vida que empiezo a sospechar por una serie impresionante de aparentes casualidades que algo raro está sucediendo. Ocurre una primera vez, a mis nueve años, pero soy demasiado chico para entender lo que sucede o para darle importancia. Ocurre nuevamente dos años más tarde, estamos por encontrarnos, pero un ebrio salta de una terraza y la oportunidad se pierde. Esta secuencia de extrañas casualidades vuelve a empujarnos cinco años más tarde a lo que podría haber sido una misión cumplida. Sin embargo otras potencias quisieron demorar nuestro reencuentro precipitando minúsculas alteraciones en los conductos. Nos encontramos y tuvimos la suerte de conversar… si es que eso puede llamarse conversación… durante el último otoño de tu vida, en las pocas oportunidades en que coincidieron tu lucidez y mis horas de guardia en aquel hospital.
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