Quiero que imagines un collar de perlas. Son muchas perlas, algunas más brillantes que otras, algunas bien opacas, todas perlas. Las enhebra un cordón plateado, similar a un rayo de luz. Es un cordón cálido, como el verano. Ahora quiero que mires bien. Las perlas, son uvas, verdes, con una semilla en su interior. Al cabo de un tiempo, la uva comienza a arrugarse y muere, largando su jugo, secándose. La uva es lo que ustedes llaman cuerpo físico. Un complejo de moléculas y partículas densas. La semilla es la mente animal, la mente instintiva. Es la inteligencia necesaria para procrear y matar. La piel de la uva es el cuerpo astral. El lugar por el cual está conectada al cordón de luz es Manas, la mente superior, y este nudo es al cordón como Manas lo es al Ego Superior. La uva perece, con ella perecen las memorias de esa vida, caen como la piel, se pierden. Permanece el cordón de luz, con una ligera mácula de vida dejada por la uva en su paso a la extinción. Al cordón de luz le lleva siglos anudarse nuevamente, formar una semilla, una uva, una piel. Vos no sos la uva. La uva es un producto, un brotar de tu Ser Supremo, de tu Espíritu superior. La uva es un vehículo de tu movimiento. Cada uva es cada vida que enhebra tu energía.
Al marchitarse, la uva deja sedimentos que contribuyen a la formación de otra uva. Karma. Por eso cada uva tiene una responsabilidad sobre la siguiente, una deuda anticipada. Esta deuda anticipada es la ética. La responsabilidad que se tiene sobre uno mismo en todas las veces. Llegado el caso, el cordón de luz podría verse afectado por el ácido corrosivo de las descomposiciones. Por lo cual la ética es un acto de higiene espiritual. El árbol se conoce por sus frutos. Y un árbol puede morir si sus frutos son enfermos.
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