Ustedes viven un bello cristal duro, la pulpa de un fruto, allí transcurren todas sus desgracias y esporádicas alegrías. A ese fruto ustedes lo llaman Realidad y se lo imaginan extenso e infinito. Ese fruto que es todo aquello que pueden conocer o no conocer, el universo y el átomo y todos los números, ese fruto inmenso, grave, terrible, cuelga de un árbol en perpetuo crecimiento, un árbol de incontables ramas de incontables tallos y frutas. Todas ellas similares hermano mío, todas hijas del mismo padre. Ninguna realidad cae más allá de las raíces de su fuente. Ese árbol que sostiene el vasto compendio de las variables notas de un mismo tema, forma a su vez parte, o es, mejor dicho la proyección bruta de un etéreo bosque de proporciones asombrosas, bellísimo de contemplar, en el momento de la muerte, como un vivo cristal de hermosos colores, el precioso bosque de todos los árboles de todas las delicadas frutas que son el universo y realidad de millones de semillas ciegas y la luz que en ellas late por dentro, como un cálido puente que une las infinitas leyes con la eterna ley.
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