miércoles, 1 de diciembre de 2021

Apuntes sobre vampirismo mundano.

Hay entre nosotros personas cuya compañía ensombrece el ánimo, alterando en uno lo que se tiene de bueno, gastándolo de modo lento y corrosivo, aniquilando el contento y la paz. Nunca satisfechos, desesperadamente hambrientos pero perversos, son capaces de alimentar con migajas de alegría a su víctima, disfrutando por adelantado el postrero banquete que se darán tras el hipócrita engorde. Detrás de toda esa lisonja que practican cada tanto, se oculta el ansia de tristezas, su alimento predilecto, el hambre ajena. Pues el vampiro, salvo en las películas y narraciones, no tiene sed de sangre; su sed se sacia contagiando la sed. 

Estos sujetos aprendieron siendo niños a ser adictos. Les enseñaron demasiado pronto a sentir envidia, a percibir como ajena y extraña la posibilidad de ser felices. De este modo, crecieron torcidos, repudiando al Sol que es el amor y la bondad, como una planta vengativa que arruina su propio tallo por orgullo, ocultándose de la luz. 

Alguna vez fueron felices. Conocieron el calor y el afecto. Alguna vez, en un remoto pasado que idealizan. Entonces saben y odian saber, que existe el bien y la alegría. Oyen todo el tiempo la canción eterna del amor y desesperan por envilecerla para hacerla tolerable; ellos no pueden vivir en un mundo que esté bien: una educación deficiente en bondad alteró sus organismos y ahora son como especies que sólo pueden respirar metano o aires muy enrarecidos. Es cuestión de supervivencia. Habitar entre lo inmundo o ensuciar lo limpio. Y es que alguna vez o varias veces se les dijo que estaban mal, y de tanto llevar lo malo encima se volvieron cual pelusas que sólo pasan desapercibidas en la mugre o en lo oscuro. 

¿Son víctimas entonces? Claro que sí. ¿Quién no lo es? Todos somos víctimas de algo en este mundo. Esto no nos diferencia. Más bien nos une. La clave en realidad es otra; es la forma, la naturaleza, el cuerpo; en definitiva: el tipo de víctima que se decide ser en la vida. Y esta gente ha elegido la forma autocomplaciente. Otros hay, menos graves, que eligen la culpa. El vampiro en cambio, hace elegancia de su tristeza, la vuelve seducción; 

proyecta pétalos negros

de extrema belleza y opacidad

en su aura delgada como un suspiro.

Para habitar entre las gentes que van y vienen y viven, los vampiros necesitan olvidarse del amor, porque el amor ilumina, arranca la artificial coraza de autocomplacencia con la que cubrieron su dolor original. En su lugar, buscan la compañía frecuente de seres de condición semejante, por los que jamás lograrán sentir afecto o algo más profundo que una eventual simpatía: ningún vampiro soporta lo íntimo; razón por la cual, sus relaciones son obra de un tipo especial de "magnetismo", muy común entre la mugre, la habilidad para encontrar más de lo mismo.

Un vampiro nunca está solo. Aunque tampoco puede decirse que esté acompañado. Habita en Castillos como madrigueras de mosca donde el zumbido atroz de los pensamientos tristes es producto del frotarse mutuamente las alas por capricho o por costumbre. En estos lugares no entra el Sol salvo el más valiente o el más torpe. Y casi siempre al precio de eclipsarse un tiempo, lo que es como miel para estas almas en pena. 

Han querido probar del manjar divino

Pero sus bocas son como anos

Que apagan el gusto

Y lo violentan.

En estas Orgías de Queja y Caramelo, los Vampiros lamen las heridas de sus tristes biografías con lenguas repletas de espinas. Crecer ha sido para ellos la experiencia de intentar convencer a los Extraños de lo oscuro que es el mundo y de lo mala que es la gente. Ellos se alimentan con el ano del cerebro, que es el lugar por el que naturalmente los Extraños defecan pensamientos para el sueño y la fantasía. Han perdido la lengua y el gusto hace tiempo y han perdido el Idioma. 

¿Qué palabras puede pronunciar una boca sin gusto,

Más que un elogio demencial al mundo decadente 

que perciben por tener opacos 

los sentidos del alma?

El universo del vampiro se expande como un bostezo de muerte y desasosiego, como un largo pasillo de pesadilla y de fiebre. Avanza por el orbe su visión oscura, desparramando quejas y suspiros, como una invisible polilla capaz de apagar las luces con su ácido excremento de malas noticias y chimentos. Considera justo que el mundo se vuelva semejante al lupanar alucinado que devora su conciencia y su memoria. Si hubo un día de brillantes colores, el vampiro estira su sombra, como una rueda que avanza girándose a sí misma, rascándose motivos para poner bajo el martillo del Juez lo que haya de bueno y alegre, de sano y correcto. Ellos se alimentan de sed. Se colman ante el espectáculo – no del dolor – sino de la frustración ajena, de la insatisfacción. Y es esta sed lo que contagian con su beso cruel y deforme: La sed insaciable, el ansia, la rabia obscena de robar la materia prima de la vida que no es la sangre sino la Voluntad. 

El vampiro promedio seduce como un pavo real de la tristeza, abanicando con plumas de obsidiana la caldera de tus instintos más bajos, sean cuales sean, para avivarte la llama por un corto espacio de tiempo...

Y luego tarde te das cuenta hermano

Que aquella negra pantalla que te hacía arder

Sólo buscaba apagarte.

El mundo se torna un lugar complejo para el vampiro reciente, para el mordido. Los intersticios de lo cotidiano, los tiempos muertos, las charlas banales, comienzan a poblarse de ideas y significados ocultos con intenciones secretas y malignas. Lo que antes era un error simple, una burda equivocación, tiene ahora un propósito enigmático pero siempre negativo, hostil. El mundo del vampiro está lleno de susurros y de conclusiones erradas, donde el bienestar ajeno se percibe como un insulto personal y  donde la belleza del alma es repudiada y rápidamente cubierta con proyecciones pútridas e infames. 

El código del vampiro es cruel pero sencillo, tan cruel y sencillo como varias cosas de este mundo. Todo lo bueno es malo (1 = -1). "Esa persona ha sido buena y agradable conmigo... De seguro alberga malas intenciones... quizás quiere algo a cambio". "Es un día... demasiado lindo... debe estar por irse todo al garete". El rostro esquivo, la mirada aguda como un cerrojo, siempre agazapados zumbando hipótesis viciosas, hallando enemigos... Estos seres de raza anémica jamás encuentran su reflejo en los espejos, pues afirman no tener nada que ver con aquel paisaje melancólico y funesto que levantan con cada parpadeo. 

Poco a poco, todos aquellos agravios y putrefactas interpretaciones que el vampiro fue proyectando en el entorno regresan a su máquina de traducciones para ser codificados como ataques directos, ante los cuales el vampiro se defiende por medio de la venganza. ¿De qué? De una agresión que sólo existió en su imaginación. Y su venganza es básicamente contagiar el código (1 = -1). 

En la agenda de Satán cada día se lee lo mismo:

Hacer que todo lo bueno sea malo

Para que hacer el mal sea lo bueno.

Si los vampiros lograran su cometido y el pútrido néctar de ese código borrara del mundo el paraíso, todo sería oscuro y frío y sin contrastes. Sólo habría gente mala. Con malas intenciones. Sólo habría venganza alimentándose a sí misma. Una sed eterna, un sufrimiento sin fin. 

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