Ví venir un pájaro, cien pájaros, mil pájaros plateados en el viento. Del sol se despegaban lentos los azulejos de la noche. Por la plaza, sobre el piso, las sombras se abrazaban, se cortaban, se acoplaban y se hacían pequeñas sombras que germinaban bajo el asfalto recién llovido. Como hacía mucho verde a esas horas, las voces se colgaban de los postes y descansaban. Otras simplemente vagaban esperando. Yo me vestí de agua, detrás del cuarto donde ella armaba los pájaros con las luces del espacio. Después, aguado, lamí los bordes del aljibe en trance blanco, furioso, en el ritmo demencial de los ladrillos y las hierbas. Bajé hasta el fondo donde finalmente dormí con los ecos de mi cuerpo en el cuerpo y algunas piedras de la luz muy graves.
Soñé puros colores puros, un desgarro, los perros de espuma en la orilla temblaban sales brillantes, frascos de perfume en la galaxia. Oscilé por instantes la materia, fui de vidrios ocres de cortina, plástico de un verde bajando hacia la arena, fui de plumas un largo experto en acrobacias, un imán de gélidas facciones lúbricas rosadas. Fui por instantes una fuga, un poro triunfal de hilos blancos buscando el cielo... hasta que el gran bostezo fue un salto dentro de un salto de otro y desperté. De espaldas a la nube levanté párpados de hidrógeno. Era viernes. Un viernes de felpa azul profundo.
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