Las miniaturas abundaban en casa de los Greco. Para Josué era imposible resistirse, tenía que contarlas, seguirlas con la mirada y contarlas sin perder la cuenta. Era obviamente una tarea imposible. Creo que él lo sabía. Eran muchas. Demasiadas. Los demás conversábamos, sentados en los sillones de cuero, fumando, fingiendo pasarla bien. Ninguno de nosotros quería estar ahí. Ni el propio Greco. Odiaba su casa. Odiaba a su familia. Pero no nos odiaba a nosotros, eso no. Tampoco odiaba a Josué, aunque le parecía extraño… extravagante decía. Extravagante es una buena palabra para hablar de Josué porque tenía algo de artístico, de espectáculo; todo Josué era así, la fachada de un tipo simple alrededor de algo indefinible, de otro mundo, un poco aterrador talvez.
Las miniaturas llevaban semanas viviendo en casa de los Greco. Ellos no podían verlas, ni estaban preparados; pero las sentían. Se diría que a medida que ellas se reproducían, ellos se alejaban un paso más de la realidad y la cordura. Un observador común, uno de esos que siempre caminan lento por el barrio, le contó a la prensa algo sobre unos negocios que habían salido mal, que andaban preocupados por el dinero, que eso lo explicaba todo. La cosa es que cerraron el caso pronto. No había nadie vivo para mandar a la cárcel.
Josué las veía. Las contaba. O intentaba. El tipo al menos lo intentaba. Una vez me dijo que era como un pastor. En el momento no entendí de qué me hablaba y me lo saqué de encima con un gesto de mal gusto. Me siento mal entre los ojos cuando recuerdo eso, no es culpa ni tristeza, es como si el cerebro tuviera náuseas. Hay algo horrible en todo lo que sucedió. Mucho pero mucho más horrible que los cuerpos mutilados que encontraron. Me da miedo pensar que talvez sonrió cuando lo dijo.
Lo conocimos en la capillita que hay detrás de los campos de Villar. Estaba solo ese día. Hacía mucho calor. Nos saludó bajando el ala de un sombrero de paja. Se notaba a simple vista que era extraño aunque ninguno supo después decir por qué. Solamente daba esa sensación. Le preguntamos por el cura y nos dijo que no estaba pero que ya volvía, que pasemos, como en casa. Dejó una bolsa que no le habíamos visto a un costado de la puerta y nos invitó a pasar. Fue muy amable esa vez. Esa misma noche en el bar hablamos de él un buen rato. El negro lo llamó amanerado. Nos causó gracia, pero en el fondo intentábamos tapar algo que había dejado en nosotros el encuentro. Algo malo.
Algunos meses después de esa vez en la capilla supimos que venía de un pueblito de nombre alemán, uno de los tantos que habían desaparecido después del asunto con los trenes. Había aguantado bastante viviendo por esos lados pero ya no crecían los cultivos ni había gente para notarlo. Según nos dijo estuvo dos meses viviendo así, solo, en el pueblo abandonado. Había quedado una radio encendida en la casa de alguien y era lo único que se escuchaba. A él le gustaba.
La tarde que se escucharon los gritos fue cinco semanas después. Llovía. La mitad del pueblo estaba durmiendo la siesta y la otra mitad estaba quedándose dormida. Los gritos resultaron muy extraños, inesperados. Creo que todos tardamos bastante en entender qué era ese sonido. Ahora lo pienso y me da escalofríos. A veces no sé si no fue todo un sueño. Esa tarde y todas las que siguieron. Hoy. Incluso hoy. Quizás lo es y me despierte en un rato.
Una vez hablamos de algo parecido con Josué. Estábamos casi todos. Greco no. Ya había empezado a sentirse mal. Josué dijo que lo era, que todo era un sueño, que saber eso era la peor tortura de los místicos, saber que nada era real pero que había que hacer todo el camino igual, aunque no tuviera sentido. Me acuerdo que todos nos quedamos callados y que él empezó a reír de una forma extraña y teatral que nos divirtió hasta que vimos que estaba convulsionando y tuvimos que asistirlo para que no se lastimara con los cubiertos.
Esa noche Greco tuvo un sueño raro. Ese fue el nombre que le puso. Nos había dicho que estaba mal, que se quedaba. Nos contó que saludó a las nenas, le dijo a Norma que se acostaba y al rato ya estaba soñando que flotaba adentro de un líquido blanco que latía exacto al ritmo de su corazón. Cada vez que inhalaba ese líquido vivía una vida entera. Cada vez que exhalaba ese líquido, esta vida salía como un líquido más blanco o menos blanco y participaba de esa forma en el brillo general de toda la esfera. Greco nos dijo que había llegado a la conclusión de que era importante exhalar brillo, que el universo dependía de eso. Eso fue durante la tercera semana, más o menos para cuando también empezamos a notar las muecas.
El piso del pasillo estaba levantado, como si alguien hubiera querido encontrar algo con desesperación. Habían usado distintas herramientas que estaban tiradas a un costado, la mayoría totalmente destrozadas. Uno de los cuerpos, probablemente el de Norma, mostraba un estiramiento inusual de los huesos. El estado de los otros cadáveres no permitió establecer si todos habían sido afectados de la misma forma. La habitación de las nenas estaba en perfectas condiciones, lo mismo el baño. Los eventos se habían concentrado en la cocina. Toda la vajilla estaba destrozada, también los muebles. Uno de los agentes que intervino me contó que los fragmentos tenían todos el mismo tamaño, que parecían recortes más que el efecto de algo al azar, que eso no lo habían puesto en el informe porque les habían sugerido no hacerlo.
El brillo de todo el lugar bajó mucho después de eso. Los alaridos habían quedado pegados a las cosas del pueblo. Era imposible mirarse a los ojos. Todo se fue poniendo silencioso y frío. Había llegado el otoño. De a poco algunos fueron muriendo, otros se fueron lejos, a lugares mejores. Yo tuve dos oportunidades, dos trabajos que me ofrecieron en la capital, la primera vez lo intenté, viajaba todos los días, después me ganó el pueblo, me quedé. La segunda oportunidad ni la quise agarrar. Di las gracias y recomendé a un primo. A los tres días se fue a vivir a un piso en el centro. No supe más nada. Yo durante un tiempo sentí que los que nos quedábamos y resistíamos teníamos algo de especial, de heroico. Había una sensación de orgullo cuando otro abandonaba. Había también mucho desprecio. Y envidia. De a poco fuimos quedando muy pocos Especiales. Ya ni siquiera causaba gracia llamarnos así entre nosotros, ni hacer el saludo secreto. Todo eso se había transformado en una estupidez.
A Josué me lo crucé dos o tres veces. La última vez fue esta mañana. Se estaba yendo del pueblo. Paró un minuto junto al ombú de la salida y entre las raíces del tronco dejó una bolsa con algo como una caja adentro. Sabía que yo lo estaba mirando porque se dio vuelta y levantó la mano hacia donde yo estaba escondido. Después se fue y me quedé solo. Ahora es de noche pero no quiero dormir. Recuerdo el sueño de Greco. Una y otra vez. Sé que si duermo voy a soñar con el líquido blanco y las vidas, con la gran esfera de brillo. Me aterra que todo sea tan hermoso y simple. Una conciencia que inhala vida y exhala diferentes matices de blanco. Tengo a la vista la ventana cubierta por la cortina. Del otro lado la lluvia cae sobre el pueblo apagado y muerto. Dejé la bolsa afuera. Bajo el ombú. Sé que mañana va a estar ahí. Que estoy obligado a decidir. No puedo pasar otra noche sin dormir.
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