sábado, 4 de diciembre de 2021

Algunas Observaciones sobre la Realidad (fragmentos)

Lo que voy a narrar me sucedió a la edad de seis o siete años en condiciones de salud normales. Estaba recostado en mi cama a las pocas horas de cenar y me disponía a dormir. La habitación estaba parcialmente iluminada, en penumbras y mis padres habían apagado el televisor en su dormitorio por lo que infiero que estaban dormidos o en trance de estarlo.  Solía quedarme despierto un rato pensando en los sucesos del día y eso estaba haciendo cuando de manera súbita fui incapaz de articular ningún pensamiento. Sentí que en alguna parte de mi cabeza algo se había salido de lugar, como si alguna cosa muy pequeña hubiera empujado mi pensamiento fuera de sus carriles normales y ya no supiera cómo moverse ni cómo regresar. Es difícil explicarlo y a cada instante el lenguaje traiciona la verdadera naturaleza del evento por su naturaleza mecánica, secuencial y sustantivante. Por ejemplo, cuando digo que “sentí” no quiero decir que “yo” lo haya hecho, al menos no el “yo” tal como acostumbramos usarlo. Quizás sería más correcto decir “algo sintió” o “sintió” o “sentimos” pero tampoco servirían estas alternativas para dar cuenta cabal de la magnitud identitaria del proceso tal como se presentó. Así como uno sabe de la existencia y localización aproximada de sus propios pies aún estando a oscuras o con los ojos cerrados, yo podía saber, intuir, la existencia y localización de mi pensamiento y de mi conciencia sin poder, por otra parte, hacer nada para poseerlo o fijarlo. Sabía de mi conciencia pero no me era posible anudarla a nada. Lo que sucedió luego – aunque la temporalidad y la secuencia misma de los hechos deba también ponerse entre comillas – no se me ocurre llamarlo de otro modo porque es lo que más se ajusta a lo que pasó: la conciencia, la atención, el yo, fueron centrifugados, desarmados, desflecados y proyectados destruyendo su unidad coherente hacia distintas localizaciones que brillaron de conciencia e identidad, ocurriendo que simultáneamente fui conciente desde mis rodillas, desde mis orejas, desde un dedo, desde todos los dedos, etc. No quiero decir que haya sido conciente de mis manos, sino desde mis manos. Del mismo modo que no fui conciente de la totalidad – porque luego hubo destellos de conciencia en otros espacios más lejanos – sino que fui conciente desde la totalidad, pared, árboles, gotas en el grifo. Ignoro cuánto tiempo transcurrí en este estado, si es que el tiempo transcurrió, pero sí recuerdo la existencia de un instante de temor, de ansiedad, como un destello oscuro desde algún lugar que después se pudo ir distinguiendo, cobrando relieve y funcionando como un vector de atracción. Una parte de esa inmensidad reclamaba sus derechos sobre la conciencia y esa parte era el cuenco vacío que había dejado mi Yo al licuarse en fuga por el cosmos. El temor de esta parte a desaparecer era muy intenso y angustiante, similar al que debe sentir la personalidad al irse desmigajando en el camino de la muerte rumbo a la inmersión en el Todo. Recuerdo que tuve que hacer mucho esfuerzo para mover los brazos y que entonces empecé a golpearme la frente con mucha fuerza, una, dos, tres, cuatro, cinco veces, y la sensación era que con cada golpe Yo recuperaba nitidez, unidad, como distintas capas traslúcidas que se van superponiendo para darle definición a una imagen. Al finalizar la operación de los golpes me sentí muy sorprendido de su efectividad porque no esperaba que eso pudiera funcionar, no algo así de tosco e improvisado. Pero funcionó.

De esa experiencia obtuve una certeza inamovible. Nuestra yoidad es una suerte de lazo que anuda en un punto haces de conciencia diversos. Eso es el yo, un punto de intersección, un vórtice experiencial que colapsa haces diferentes en una síntesis más o menos estable y permanente y cuya presunta estabilidad es lo que da a la realidad esa sensación de coherencia, de orden. Como el lazo que en un ramo mantiene a las flores unidas, la función básica del Yo es anudar en torno al juicio de pertenencia las diversas percepciones e ideaciones como mías, como propias. Esa función identificatoria recibe en Vedanta el nombre Ahamkara.

“Ahamkara es la actividad mental que presume sentido de identificación con la percepción. Sentido de yo o egoencia. Es algo parecido a la declinación verbal, pues etiqueta la acción proveyéndola de sentido de pertenencia singular o plural, por ejemplo `quiero´ o `queremos´. Adicionalmente, ahamkara es la actividad del antakarana que tiene la función de diferenciar quién es el conocedor y, por ende, distinguirlo de lo conocido. Ahamkara es una actividad mental que produce sentido de diferenciación y, por extensión, dualidad en la cognición”.

Comprendí también que la conciencia no es un epifenómeno cerebral ni un producto magnífico de entrelazamientos eléctricos y fisiológicos. La conciencia está compuesta por hebras ondulatorias para las que el cerebro no es más que un aparato receptor que sintoniza siempre un mismo canal según corresponda a la especie del individuo huésped, un único tipo de hebras de conciencia o eventualmente - y sólo bajo condiciones excepcionales - más de un tipo, ya sea de forma secuencial o simultánea. Estas perturbaciones del ancho receptor, en sus diversas modalidades, configuran el catálogo múltiple de la experiencia mística y ha sido retratado de manera lúcida por Castaneda en sus escritos sobre el punto de encaje:

“Para tales brujos, el acto más significativo de la brujería es ver la esencia del universo. (…) Dijeron que se asemeja a hilos incandescentes que se extienden en el infinito, en todas las direcciones concebibles; filamentos luminosos que están conscientes de sí mismos, en formas imposibles de comprender. (…) La característica crucial de los seres humanos como globos luminosos [es]: un punto redondo de intensa luminosidad, del tamaño de una pelota de tenis, alojado permanentemente dentro del globo luminoso, al ras de su superficie, aproximadamente sesenta centímetros detrás de la cresta del omóplato derecho. (…) Después de ver lo que este punto hace, los brujos antiguos lo llamaron el punto de encaje. (…) Vieron que en los seres humanos ése es el punto donde la percepción tiene lugar. (…) El punto de encaje de los seres humanos se puede desalojar del lugar donde usualmente se localiza. (…) Cuanto mayor es el desplazamiento del punto de encaje, más insólito es el consecuente comportamiento, y la consiguiente percepción del mundo y la conciencia de ser”. 

Al desplazarse, el punto de encaje recorre porciones diferentes del espectro de conciencia dando lugar a diversas configuraciones del espectro de realidad. Como una suerte de prisma, a medida que su constitución se pule y se refina, el punto de encaje es capaz de sintonizar canales o hebras de conciencia que antes estaban fuera de su alcance; nos referimos a las que corresponden a los universos sutiles y causales y a las que conforman las realidades experienciales del cuerpo pránico, del cuerpo mental, del cuerpo del conocimiento y finalmente del cuerpo causal. Este trabajo sobre el punto de encaje - trabajo de pulido y depuración - recibe en vedanta el nombre de sadhana.

“Es el trabajo interior de todo ser humano que busca un desarrollo personal y que radica en transformar los hábitos mentales tamásicos y rajásicos en sátvicos”.


En ocasiones, sin embargo, el desplazamiento del punto de encaje ocurre sin haberlo sometido previamente a ningún tipo de trabajo. A esta circunstancia la denominamos Evento de Choque y lo que produce, generalmente, es un desplazamiento violento cuya experiencia resulta luego imposible de integrar al funcionamiento habitual de la conciencia, generando sectores mentales disociados o bien recuerdos intrusivos de menor o mayor intensidad e impacto funcional. Operan como Evento de Choque situaciones de naturaleza traumática donde la integridad vital está en riesgo (experiencia de túnel en sujetos con muerte clínica), o bien cuando por diversas circunstancias la sensación de identidad es menoscabada (experiencias de despersonalización en danzas rituales, sectas y sucesos violentos como abusos y violaciones); también consideramos Eventos de Choque la utilización de sustancias psicotrópicas sin la guía y orientación de un profesional así como el uso no regulado de tanques de deprivación sensorial y algunas prácticas de respiración holotrópica. En todos estos casos, el punto de encaje se desplaza de manera tan abrupta que la identidad puede quedar severamente afectada, tal como vemos en el amplio repertorio de la psicopatología en el que abundan referencias a percepciones y experiencias inusuales aunque, en la mayoría de los casos, dolorosas y degradantes. La persona queda fraccionada y en conflicto, incapacitada para integrar los eventos del Choque a la trama normal de su funcionamiento mental. Estos nodos experienciales que quedan marginados de la conciencia configuran constelaciones disociativas, generando perforaciones en la mente que eventualmente serán rellenadas por el delirio como un intento desesperado pero muchas veces infructuoso de encontrar un sentido al acontecimiento. Este tipo de experiencia está perfectamente retratado en las Memorias de un Neurópata de Daniel Paul Schreber.

“El alma humana está contenida en los nervios del cuerpo (…) son formaciones de una finura extraordinaria – comparables a los hilos de seda más tenues -, y la vida espiritual del hombre en su conjunto reposa en la facultad que los nervios tienen de ser excitados por impresiones de origen externo. (…) Ante todo Dios es solamente nervios, no es cuerpo; está pues emparentado con el alma humana. Sin embargo, los nervios de Dios no son limitados como los del cuerpo humano, sino infinitos o eternos. (…) Tienen sobre todo la facultad de transformarse en todas las cosas posibles del mundo creado. En este rol se los llama rayos y en ellos reside la esencia del poder creador divino. (…) No me atrevo a decidir si podemos creernos autorizados a afirmar que Dios y el mundo estrellado son una sola y misma cosa, o si debemos representarnos la totalidad de los nervios de Dios como algo que se extiende aún más allá y detrás de las estrellas, y considerar a las estrellas y en particular a nuestro Sol como simples estaciones en las cuales la energía milagrosa del Dios creador se toma un descanso para poder franquear luego la distancia hasta nuestra Tierra y tal vez hasta otros planetas habitados”.

Cada aparato conciencial (seres humanos, animales, plantas, minerales), en función de los avatares de su conformación física y biográfica, decodifica las hebras de conciencia en una tonalidad que le es única, propia y singular, de manera similar a cómo los diferentes casilleros de una armónica ofrecen sonidos diferentes ante un mismo y único soplido. En este sentido podemos decir que cada modalidad de Ser es algo así como un tipo de armónica y que cada armónica tiene sus variaciones individuales según corresponda a su nivel de permeabilidad y complejidad estructural. 

La humanidad promedio, rodeada por un inmenso océano de conciencia, sólo es capaz de recibir una limitada franja del espectro. La rigidez en la posición de su punto de encaje lo ancla a la experiencia de lo Vivo bajo el imperio de sus torpes sentidos y de su confusa y agitada mentalidad. Por la disposición inmadura de su aparato conciencial, el ser humano configura y habita realidades de un brillo y una belleza elocuentes por su fuente pero pobres y breves por sus resultados. A la manera en que una armónica simple y tosca convierte la silenciosa fuerza de la inmensidad del viento en un sonido áspero y estridente, la humanidad ejecuta – en función de la calidad de su conciencia - una melodía todavía triste y monótona con los magníficos recursos que la rodean. Dios sopla a través de los hombres, pero los hombres todavía no sabemos cantar. 



Es fundamental comprender que ninguna conciencia está encarnada, por lo que tampoco es correcto decir – salvo por fórmula – “la conciencia de tal o cual” o expresiones como “mi conciencia” o “la conciencia del grupo”. El problema de la conciencia en relación al cuerpo es el punto focal de todas las cuestiones vinculadas a la supervivencia del alma después de la muerte y es el tema de fondo de tópicos como la percepción extrasensorial, la telepatía, la precognición, etc. La Conciencia no está encarnada y no existe nada parecido a un alma singular, personal o individual. La Conciencia sólo es reflejada, decodificada, procesada, proyectada, por un aparato conciencial material que funciona como un cuenco más o menos pulido, más o menos espejado. Al no estar encarnada, la muerte no supone ningún tipo de cambio ni alteración de transcendencia; la muerte – al igual que la enfermedad, el placer y el dolor – es un acontecimiento exclusivamente físico y atañe sólo a la materia densa y sus productos (luego veremos cuáles son, de momento sea suficiente dejar dicho que el Yo es uno de tales productos). La conciencia es algo que nos es ajeno, como es ajena a la luna la luz del sol. Nuestro aparato conciencial, a la manera de un televisor•, sólo recibe, registra, reverbera y proyecta bajo determinadas condiciones, un espectro que lo trasciende pero que a la vez le es inmanente (volveremos sobre esta cuestión de la inmanencia más adelante). Esta capacidad del aparato conciencial de estar en contacto con la conciencia y reflejarla se denomina buddhi.

“Buddhi aloja la conciencia, a su vez ofrece un reflejo, ese brillo conciente que acompaña el proceso cognitivo. En este sentido, se parece a la luna que por su configuración material refleja parte de la luminosidad solar que llega a su superficie. Igualmente, el buddhi está impregnado de la Conciencia no-dual pero tan sólo refleja parte de su brillo en forma de conciencia personal. Buddhi no es inteligente de por sí, pero es el asiento de la inteligencia, tal como el cerebro no es inteligente de por sí pero soporta el brillo del saber que opera tras sus procesos fisiológicos”.

Como dijimos, el aparato conciencial es un soporte, un cuenco espejado que recibe algo y proyecta algo. Cada especie forma parte de un cuenco perceptivo determinado al que denominamos Cuenco de la Especie. Cada individuo de cada especie contribuye – o atenta – a la morfología del cuenco. La estructura de la realidad de cada especie no es un hecho estático ni concluyente, por el contrario, es un proceso dinámico en constante cambio y sujeto a las variaciones de sus individuos. Por ende, la realidad - de la especie que sea - es un hecho grupal y atañe al grupo el cuidado de su superficie y morfología. De las condiciones de su superficie dependerá el volumen de conciencia capaz de recibir y el tipo de realidad que podrá ejecutar. 



La ejecución de realidades acontece en virtud de la permeabilidad del aparato conciencial en cuestión. Cuando hablamos de permeabilidad nos referimos, en el caso de los seres humanos, al correcto o incorrecto funcionamiento de los chakras. Un sistema con varios chakras bloqueados o extenuados es un sistema no permeable, incapaz de dar cuenta de la vastedad cromática del Océano de Conciencia. Las diversas especies pueden diferenciarse en función de una escala de permeabilidad, estando el conjunto de los animales por debajo del ser humano, luego el reino vegetal y finalmente el reino mineral cuya permeabilidad es baja  pero no inexistente.  Con esto queremos señalar que la Conciencia es un hecho universal que lo abarca y constituye todo. La Conciencia es trascendente e inmanente a toda clase de ser, siendo en sí misma la condición necesaria para todo tipo de existencia. Desde lo causal hasta lo denso, todo está conformado por conciencia y no hay en la conciencia ninguna grieta ni potencial desaprovechado. 

“La Conciencia no es una actividad fraccionable ni diferenciable, puesto que es un continuo; se asimila al espacio, en cuya naturaleza no hay partes. Basta sostener la atención sobre cualquier evento que haga parte del continuo presente para que dicho objeto revele de manera espontánea las diversas simetrías de su naturaleza, es decir, se experimente como sí mismo y, simultáneamente, como su complemento. Esta forma de percepción es la más amorosa, la más inteligente. Permite ver a todo en todas las cosas; reconoce que el conocedor del todo es no-diferente del todo mismo conocido”.

No hay tal cosa como una realidad de la que luego se pueda ser conciente o no. La conciencia no es algo que se aplica sobre otra cosa llamada realidad. Conciencia y Realidad son simultáneas. A cada franja del espectro de conciencia le corresponde una manifestación en forma de realidad. La realidad es la forma que asume la franja de conciencia luego de ser sintonizada y reflejada en el cuenco de la especie.

“Es la Conciencia como ámbito inalterable quien da vida y sentido a la creación, tal como en un sueño la conciencia del soñador otorga vida a los soñantes y a toda la creación que allí momentáneamente se desarrolla”.

Esta simultaneidad de Conciencia y Realidad nos es dada a la observación cotidiana. Alcanza con estudiarse uno mismo a la mañana siguiente de un día de mal humor. La configuración de la realidad puede ser tan diferente, el mundo puede parecernos tan otro, que si no fuera por algunos detalles permanentes podríamos sospechar que fuimos mudados a otro universo. Lo que ayer nos parecía detestable, molesto, infecundo, irritante, hoy nos es indiferente o incluso amigable. Vemos por turnos los lados malos y buenos de las mismas cosas, un día las espinas del tallo, al día siguiente el color de la rosa. Nuestra experiencia siempre es parcial, inacabada y tendenciosa. Vimos que el punto de encaje es capaz de experimentar desplazamientos, traslaciones, vimos que es capaz de moverse y sintonizar diferentes haces de conciencia, diferentes canales. Agreguemos ahora lo siguiente: es capaz también de rotar en el mismo lugar, es capaz de ofrecer aristas diferentes de su superficie; digamos que eso es el sentido del humor, un sentido, una orientación, una dirección. Una ligera rotación alrededor del eje, unos cuantos grados hacia un lado o hacia el otro, y el panorama de la realidad se tiñe de una coloración diferente y momentáneamente innegociable como toda realidad. La mayoría de los conflictos humanos radica ni más ni menos en la dificultad que tenemos como especie de comprender estas fluctuaciones de grado y el impacto que tienen en el tipo de realidad que constituyen. Solemos subestimar la importancia de estas variaciones y si las subestimamos es porque partimos de dos premisas erróneas: “la conciencia es algo que se aplica sobre la realidad” y “la realidad es una sola”. Poner las cosas en su lugar, abordarlas en su naturaleza sincera implica invertir radicalmente esos postulados: “Conciencia y Realidad son simultáneas”, “la realidad es múltiple, la conciencia es una sola”. Entiéndase lo que decimos: no hay conciencia individual, la conciencia es masiva; lo individual es la realidad, y no sólo individual, puntual, esporádica, dinámica, breve, discontinua. No hay tal cosa como un tejido de lo real, hay emparchado y a veces grosero, contrastante, contradictorio, conflictivo.  

La vida en sociedad es el producto inestable de una sumatoria intermitente de realidades similares pero diferentes, mundos singulares moviéndose al unísono, donde áreas en foco colisionan con segmentos borrosos, donde dos focos superpuestos generan picos perceptivos y matices completos quedan oscurecidos en la anomia. La vida en sociedad es difícil porque no hay consenso posible. Y es esa imposibilidad de lograr consenso lo que hace posible la vida en sociedad. En este sentido, la vida en sociedad no tiene alternativa: es posible sólo al precio de ser fallida. 


“Estando en el sueño el soñador observa diversas y múltiples realidades pero comprende que ninguna de ellas es verdaderamente estable, pues al despertar todo ello se diluirá como pompas de jabón”.

Conciencia y Realidad son simultáneas, sin embargo esta relación de simultaneidad es unidireccional. La Realidad es incapaz de modificar la Conciencia o alterarla de cualquier forma, como la sombra es incapaz de alterar a la fuente de luz que la conforma por contraste. La realidad sólo puede afectar componentes densos como el punto de encaje o el cuenco de la especie, y cuando lo hace generalmente es de manera casi imperceptible, generando varianzas mínimas, pequeñas rotaciones del prisma o cambios sutiles en la superficie del cuenco. En mayor grado incide lo irreal sobre estos componentes, siendo capaz de provocar incluso desplazamientos del punto de encaje y hasta alteraciones morfológicas en la estructura del cuenco de la especie. Daremos cuenta de lo Irreal en próximos apartados. Por ahora compréndase que la Conciencia está al margen y más allá de cualquier modificación posible, conservándose siempre igual a sí misma, total y sin fisura, eterna y autosuficiente. Nada hay que la Realidad pueda agregar de novedad a la Conciencia, siendo la Realidad un hecho del tiempo y la Conciencia eterna y completa.

“La conciencia está dentro y fuera de la mente del ser humano; sin importar qué individualidad aliente, la conciencia es sin partes pero contiene cada objeto existente. El que los objetos evolucionen no determina que la conciencia cambie ni se modifique. La conciencia es incólume, sin partes, siempre continua y, a la vez, soporta la diferenciación”.

La relación entre Conciencia, Punto de Encaje, Realidad e Irrealidad, Cuenco de la Especie es semejante a la que encontramos entre Fuente de Luz, Objeto, Sombra, Penumbra y Pantalla. Como todo símil, éste también tiene sus limitaciones, sin embargo lo utilizaremos a los fines de ilustrar estas relaciones y su dinamismo. El punto de encaje, al sintonizar un conjunto de hebras de conciencia da lugar en el cuenco de la especie a la génesis de una realidad específica a ese conjunto de hebras. Esa realidad específica a la que hacemos mención es – en nuestro símil del esquema óptico – la sombra. A la penumbra corresponde entonces lo que denominamos Irrealidad y a la que vamos a definir como todo evento cuya nitidez experiencial se encuentra por debajo de la nitidez de realidad, siendo capaz, por esto, de provocar una tensión en el punto de encaje y un eventual desplazamiento del mismo a los fines de “realizarlo”, es decir, de volverlo real.








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